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De “Keixeta” a Murcutt.

Siempre se ha dicho que es mucho más fácil realizar un trabajo “ajeno”, para otros, que cuando el “cliente” es uno mismo.

Con esa dificultad me topé cuando hace pocos años decidí cambiar la imagen de mi estudio de diseño gráfico e ilustración. Buscaba algo que me identificara con el País Vasco, pero a la vez tuviera una vocación abierta a otras influencias.

Decidí hacer un guiño a uno de los deportes más populares dentro de lo que llamamos “Herri kirolak” (deporte rural vasco), el Aizkolarismo (Corte de troncos). En la imagen final el aizkolari afila con su hacha el lápiz del dibujante, pero lo hace en vertical, al estilo australiano.

Cuando buscaba imágenes para documentarme sobre el tema me topé con una foto en blanco y negro que me llamó la atención. En ella, en primer plano, un aizkolari posaba subido a un tronco. Pero lo que más me llamó la atención fue el fondo, el escenario donde se desarrollaba la competición. Detrás se divisaba perfectamente la Plaza de los Fueros y la Torre de Zumelzegi de Oñati, mi pueblo. La instantánea correspondia al Campeonato de Aizkolaris de Oñati de 1925.

El protagonista de la imagen es el aizkolari José Aranburu Aramendi, más conocido por el nombre de su caserio familiar (Keixeta). Nacido en Azpeitia, Keixeta fue la figura cumbre de este deporte durante las primeras decadas del siglo XX. Varios hechos contribuyeron a convertirlo en el aizkolari más popular y querido. Comparado con sus contrincantes autenticos gigantes, éste parecía un “baserritarra” más, de carácter sencillo, nada dado a fanfarronerías, era considerado honrado, noble y conocedor  de sus propias limitaciones.

El deporte del corte de troncos no es exclusivo del País Vasco, se realizan competiciones en E.E.U.U., Cánada, Nueva Zelanda y Australia. Recuerdo con cariño las explicaciones sobre las bondades del hacha australiana que nos dio en el verano de 2002, el entonces presidente del Gure-Txoko de Sidney, el entrañable Carlos Orue.

Ese mismo año, muy cerca de allí, ocurría algo insólito en el mundo de la arquitectura. El Premio Pritzker recaía en manos del arquitecto australiano Glenn Murcutt. Como “Keixeta”, Murcutt trabaja solo, ajeno al mundo de los “arquitectos estrella”, apoyados por grandes oficinas. Según el jurado del premio, “Murcutt es un profesional innovador, capaz de dirigir su sensibilidad hacia el ambiente y lo regional, y producir obras de arte totalmente honestas y humildes”.

Mi oficina cabe en el maletero de mi Citroën

Glenn Murcutt

 

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